Aborto cero
Un texto aguerrido y polémico en contra del aborto
Tízoc G
10/31/20253 min read


La cosa apesta. Huele a podredumbre dulzona, a moral de cloaca disfrazada de compasión. Hay una jodida cruzada, sí, pero no es la de los fanáticos con espadas; es la de los tibios, los cómodos, los que han convertido la vida en un producto desechable y le ponen la etiqueta de "derecho" para no sentir el peso asqueroso de su propia cobardía. Hablan de "elección" con la boca llena de lugares comunes y la mirada vacía, mientras destrozan en sus entrañas, o consienten que se destrocen, el único milagro real que esta miergola de existencia puede ofrecer: el estallido brutal de un nuevo poder, de una voluntad que irrumpe para decir "¡Aquí estoy, joder!".
Esto no es progreso, es la gran rendición. La izquierda caviar, la progresía de salón que se llena la boca con palabrejas como "empoderamiento", es en el fondo la fuerza más reaccionaria, la que le tiene un miedo cerval a la vida en su forma más cruda y poderosa. Nietzsche, ese viejo loco que veía claro en la niebla del rebaño, se revolvería en su tumba. Su "voluntad de poder" no era querer mandar en los demás, era el sí rotundo a la existencia, el abrazar el dolor y el éxtasis, el decir "amor fati", querer lo que es, incluso lo que te destroza. Y ¿qué hacen estos tristes apóstoles de lo correcto? Niegan la vida en su raíz. La convierten en algo banal, en un problema logístico, en un "proyecto de vida" que se puede abortar como se cancela una suscripción. Ese montón de células, ese amasijo sanguíneo, no es un quiste; es el germen del Übermensch, es la posibilidad del héroe, del artista, del monstruo, de lo que sea, pero es potencia. Y a esa potencia le meten una curetaja o una aspiración y la tiran a la basura como si fuera el recibo de la luz. Es la negación más radical, el "no" más cobarde a la aventura de existir.
Se escudan en la miseria, en la pobreza, en la violación. Usan los casos límite para construir una normalidad de descarte. Es más fácil vaciar un útero que vaciar los bolsillos de los ricos, es más sencillo ofrecer una solución clínica y definitiva que construir una sociedad donde esa vida, por jodida que sea su llegada, tenga una oportunidad. Es la ética del "no puedo", del "es demasiado difícil", del "mi cuerpo es mío" gritado por un ser que olvida que es, ante todo, un eslabón en una cadena milenaria de voluntades que lucharon por nacer. Es el culto al yo frágil, al individuo que se encierra en su burbuja de bienestar y liquida cualquier amenaza a su comodidad. Incluso la amenaza sagrada de un hijo.
Y así, nos vamos convirtiendo en una raza de eunucos existenciales. Sterilizamos el futuro en nombre de un presente sin sobresaltos. Matamos al huésped inesperado porque rompe la decoración de nuestro piso minimalista. En lugar de la afirmación dionisíaca, la que baila sobre el abismo, elegimos el gris consenso de la nada. Abortamos la posibilidad, abortamos el riesgo, abortamos la vida en su esencia más tumultuosa y gloriosa. Y nos quedamos tan anchos, limpiándonos las manos con el gel desinfectante de la ideología, creyéndonos buenos, creyéndonos libres. Pero no somos más que una jauría de esclavos, asustados ante el rugido de la vida, matando a nuestro propio dios potencial antes de que tenga siquiera la oportunidad de nacer y patearnos el culo. Es la banalización del milagro. La victoria definitiva de los débiles.
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